Opinión

«Cerca de Dios y del dolor humano». Carta del Obispo con motivo de la Jornada Pro-Orantibus 2021

Santiago Gómez Sierra
Obispo de Huelva


Queridos hermanos y hermanas:

En la solemnidad de la Santísima Trinidad celebramos la Jornada Pro Orantibus, es decir, por los que oran por nosotros, y se nos llama a renovar nuestra comunión, mediante la oración, con aquellas personas que han consagrado su vida a la oración por nosotros en la vida contemplativa. En nuestra diócesis onubense tenemos la suerte de contar con cinco monasterios contemplativos: el Monasterio de Santa María de Gracia de Huelva, de MM. Agustinas; los monasterios de Santa Catalina Mártir en Aracena y de San Juan Bautista en Villalba del Alcor, de las MM. Carmelitas; el Monasterio de Santa María de Cinta de Huelva, de las HH. Oblatas de Cristo Sacerdote, y el Monasterio de Divina Misericordia y San José, de Cumbres Mayores, de Carmelitas Descalzas.

Estas comunidades son una gran riqueza para nuestra diócesis. Los corazones de sus miembros laten al unísono, viviendo en su cotidianeidad la comunión con la Trinidad que todos, por nuestro bautismo, estamos llamados a experimentar. Nada de lo nuestro les es ajeno, como decía Santa Teresa de Lisieux, en el corazón de la Iglesia son el amor. Por eso, hoy, en esta jornada, quiero, mediante estas letras, señalaros a esas comunidades que, mediante la oración y el trabajo, siguiendo cada una su propio carisma espiritual, forman parte de esta Iglesia local de Huelva, elevando, día a día, sus manos y su oración como ofrenda suave, como incienso ante la presencia del Señor.

Animo a todos los diocesanos a que estiméis, cada vez más, a estas comunidades; a que recéis por ellas; a que os preocupéis por ellas, a que las conozcáis. A cuantas chicas os podáis estar planteando vuestra consagración a Dios, os ruego que miréis a estos monasterios, donde, si Dios así lo dispusiera, podéis seguir a Cristo en radicalidad evangélica, profesando los votos de pobreza, castidad y obediencia, viviendo la vida de la Iglesia en torno a la liturgia y el trabajo, orando por todo el Pueblo de Dios.

Animo a todos los diocesanos a que estiméis, cada vez más, a estas comunidades; a que recéis por ellas; a que os preocupéis por ellas, a que las conozcáis.

Hoy se valora mucho la efectividad, pero desde la antigüedad cristiana ha habido hombres y mujeres que han escuchado la llamada del Señor a “escoger la mejor parte” en la vida monástica. El diálogo de nuestras monjas y monjes con Jesús no es inútil, se traduce en bienes para la Iglesia y la sociedad. Hoy mismo, cuando nos acecha el miedo y la preocupación por el futuro, como dicen los obispos de la Comisión de la Vida Consagrada de la CEE, es un clamor que atraviesa también “los muros de monasterios y conventos donde hombres y mujeres del Espíritu elevan al Señor de la Vida su himno y su plegaria”. “Cerca de Dios y del dolor humano”, es el lema de esta Jornada Pro Orantibus. Nuestros monasterios viven esta realidad cada vez que escuchan los ruegos de cuantos se encomiendan a sus oraciones. Conocen las alegrías, pero también las penas, y son un testimonio permanente para nosotros: una ofrenda viva y perenne, una llama, un constante ejemplo y referente de la primacía del Señor en la vida de los bautizados.

Termino con unas palabras del Santo Padre, que abundan en cuanto he dicho: “La oración de súplica que se hace en sus monasterios sintoniza con el Corazón de Jesús que implora al Padre para que todos seamos uno, así el mundo creerá (cf. Jn 17, 21). ¡Cuánto necesitamos de la unidad en la Iglesia! Que todos sean uno. ¡Cuánto necesitamos que los bautizados sean uno, que los consagrados sean uno, que los sacerdotes sean uno, que los obispos sean uno! ¡Hoy y siempre! Unidos en la fe. Unidos por la esperanza. Unidos por la caridad. En esa unidad que brota de la comunión con Cristo que nos une al Padre en el Espíritu y, en la eucaristía, nos une unos con otros en ese gran misterio que es la Iglesia” (Encuentro con monjas contemplativas, Lima, 21-I-2018).

Pidamos a la Santísima Virgen por estas comunidades contemplativas, para que crezcan, se fortalezcan y sigan aportando a la Iglesia la riqueza y la fecundidad de la oración.

Con afecto os bendigo.

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